En el ámbito educativo y familiar a menudo abocamos toda nuestra energía en cuidar de los otros: hijos, alumnos, compañeros de trabajo. Nos esforzamos en estar presentes, acompañar, sostener… pero a veces nos olvidamos de la base más esencial: nuestro propio bienestar. Cuando esto pasa, el resultado es casi siempre el mismo. Nos sentimos cansados, irascibles, sin paciencia ni capacidad de presencia real.
Es entonces cuando el acompañamiento pierde calidad, porque nadie puede dar aquello que no tiene. Por eso hay que empezar a ver el autocuidado no como un capricho, sino como un acto de responsabilidad. Lejos de ser un acto egoísta, es una condición necesaria para ejercer nuestro papel de acompañamiento con presencia y calidad.
¿Qué entendemos por autocuidado?
En la cultura actual, a menudo se asocia el concepto a actividades puntuales o de ocio (un masaje, un fin de semana de descanso, un regalo personal). A pesar de que estos gestos pueden formar parte del proceso, el autocuidado es, en esencia, una práctica sostenida de respeto y escucha de las propias necesidades.
Implica:
- poner límites sanos,
- reconocer cuando necesitamos ayuda,
- regular los propios estados emocionales,
- dar espacio a la pausa y al silencio,
- permitirse momentos de placer sin culpa.
Autocuidarse es, en definitiva, establecer una relación consciente con un mismo para poder estar realmente disponible por los otros.
El impacto del autocuidado en el cuerpo y el cerebro
La neurociencia nos ayuda a entender por qué esto es tan importante. Cuando vivimos en modo constante de exigencia, nuestro cuerpo activa el sistema nervioso simpático, el que está diseñado para responder al estrés. El corazón se acelera, la musculatura se tensa, aumentan los niveles de cortisol. En este estado, el cerebro funciona desde la reactividad: la amígdala, que es el centro de alarma, toma el control y nos hace más impulsivos, menos empáticos, más rígidos. En cambio, cuando nos damos espacios de pausa y nos cuidamos de manera consciente, el sistema nervioso parasimpático se activa. Este es el sistema que nos lleva calma y recuperación, el que permite que el córtex prefrontal -la parte del cerebro que regula las emociones, toma decisiones y conecta con los otros- pueda funcionar con plenitud. Esto quiere decir que, cuidándonos, no solo nos sentimos mejor: también pensamos con más claridad, reaccionamos con más serenidad y nos relacionamos con más calidad.
Dicho de otro modo: cuidar nuestra salud física y mental, nos ayuda a una mejorar la regulación emocional, a tener más empatía y más capacidad de sostener el mundo emocional de los niños y adolescentes que acompañamos.
Creencias que nos limitan
A pesar de los beneficios evidentes, hay ideas arraigadas que dificultan la práctica del autocuidado:
- “Cuidarme es ser egoísta.” En realidad, es un acto de responsabilidad: cuando estamos cansados o irritables, los otros reciben una presencia pobre o desconectada.
- “No tengo tiempo.” El autocuidado no pregunta grandes espacios, sino constancia: un respiro consciente, una pausa breve o un “hoy no puedo”.
- “Primero los otros, después yo.” Esta creencia nos conduce al desgaste. En cambio, cuidarse es asegurar que podemos estar presentes con calidad y continuidad.
El modelado: el mensaje invisible
Nuestro estado interno tiene un impacto directo en las personas que nos rodean. Los niños y adolescentes, especialmente, son extremadamente sensibles al tono emocional de los adultos. Aunque no sean conscientes, perciben la tensión, el cansancio o la calma de nuestro cuerpo y de nuestra manera de hablar. En este sentido, lo mejor que podemos ofrecer a nuestros hijos y alumnos no es un discurso sobre la importancia del bienestar, sino un modelo vivo. Cuando un docente se permite hacer una pausa antes de continuar una clase, o cuando un padre o madre dice con serenidad “necesito diez minutos para mí”, está enseñando a través del ejemplo que cuidarse es legítimo y necesario. Este modelado es probablemente una de las lecciones más valiosas que les podemos transmitir.
¿Cómo empezamos?
No se trata de hacer grandes cambios de golpe, sino de incorporar pequeñas prácticas con constancia. Algunas prácticas sencillas:
- Practica micropausas: tres respiraciones profundas diversas veces en el día.
- Aprende a decir no cuando te sobrepasa algo, sin sentir culpa.
- Escucha aquello que tu cuerpo te dice: si está cansado, si necesita moverse o descansar.
- Busca espacios para compartir tus emociones y experiencias con alguien de confianza.
- Reflexiona cada semana sobre que te ayudó a sentirte bien y que te agotó y ajusta en consecuencia.
Estas acciones, aparentemente pequeñas, acumuladas en el tiempo generan un cambio profundo en la manera como nos relacionamos con nosotros mismos y con los otros.
En definitiva, cuidarse no nos aleja de nuestra responsabilidad como padres, madres o maestras. Al contrario: nos acerca a ella con más fuerza y autenticidad. Cuando nuestro cuerpo y nuestro cerebro funcionan en armonía, tenemos la capacidad de ofrecer presencia, calma y empatía. El autocuidado no es, pues, un lujo ni una moda, sino una necesidad vital. Cuidarme a mí es, en última instancia, la mejor manera de cuidarte a ti.
Te invito a que te des permiso y empieces hoy, con pequeños gestos, a cultivar tu bienestar.
Un artículo:
Lidia Borrell (técnica programa Komtü)

