Ver sufrir a un hijo o una hija despierta emociones intensas en cualquier familia. Cuando observamos que está enfadado, triste o decepcionado por un conflicto con un amigo o una amiga, es habitual que aparezca la necesidad de intervenir inmediatamente para resolver la situación. Aun así, antes de actuar es importante pararnos un momento y preguntarnos: ¿qué estoy sintiendo yo? Las emociones de los adultos también entran en juego durante los conflictos infantiles.
Cuando somos capaces de diferenciar lo que sentimos nosotros de lo que está experimentando el niño, podemos ofrecer un acompañamiento mucho más respetuoso y eficaz. Los conflictos forman parte del desarrollo social. Son oportunidades para que los niños entrenen competencias tan importantes como la regulación emocional, la empatía, la comunicación asertiva, la flexibilidad cognitiva y la resolución de problemas. Nuestro objetivo no es evitarlos, sino acompañarlos para que los puedan gestionar cada vez con más autonomía.
Educar en la amistad antes de que aparezca el conflicto
La educación emocional es preventiva. Por eso es recomendable hablar de las amistades en momentos de calma, no solo cuando hay un problema.
Podemos explicar que una amistad saludable se construye sobre el respeto mutuo, la confianza, la cura, la escucha y la reciprocidad. Es una relación donde podemos compartir momentos agradables, pero también desacuerdos, pedir perdón, reparar los errores y mostrarnos tal como somos sin temor a ser juzgados.
También es interesante ayudar a los niños a diferenciar los diversos tipos de relaciones que establecen a lo largo de su vida: compañeros de clase, amigos, conocidos, familiares o personas con quienes comparten una actividad. No todas las relaciones tienen el mismo nivel de intimidad ni requieren las mismas expectativas.
Otro aprendizaje fundamental es comprender que las amistades evolucionan. Las personas cambiamos, crecemos, descubrimos nuevos intereses, cambiamos de escuela o de ciudad y vivimos experiencias diferentes. Algunas relaciones se mantienen, otras se transforman y algunas finalizan. Aceptar estos cambios también forma parte del desarrollo emocional.
En este sentido, es importante transmitir que soltar una relación que ya no genera bienestar, después de haber intentado repararla, no es un fracaso, sino una muestra de salud emocional y de autocuidado.
¿Qué podemos hacer cuando el conflicto ya ha aparecido?
El primer paso continúa siendo el mismo: regularnos nosotros. Los niños aprenden mucho más de nuestra manera de gestionar los conflictos que de los consejos que les damos. Si respondemos desde la calma, favorecemos que su sistema nervioso también se pueda regular. Este proceso se conoce como coregulación: el adulto ofrece estabilidad emocional para que el niño pueda recuperar el equilibrio antes de buscar soluciones.
Antes de intervenir, nos pueden ayudar algunas preguntas:
- ¿Esta situación me conecta con alguna experiencia personal?
- ¿Estoy reaccionando al conflicto de mi hijo o también a mi propia historia?
- ¿Cómo ha resuelto situaciones parecidas en el pasado?
- ¿Qué habilidades ya ha demostrado que tiene?
También es importante adaptar nuestra intervención a la edad y al momento evolutivo del niño. No necesita el mismo apoyo un niño de tres años que todavía está desarrollando el lenguaje emocional que un niño de diez años que ha vivido una exclusión del grupo o comentarios que han afectado su autoestima.
¿Cómo podemos actuar?
No resolver inmediatamente todos los conflictos. Permitir que intenten encontrar soluciones favorece la autonomía, la confianza en las propias capacidades y la tolerancia a la frustración.
Mantenernos disponibles emocionalmente. Esto no significa que les hayamos de solucionar el conflicto, sino transmitirles que estamos a su lado si lo necesitan.
Practicar una escucha activa. Escuchar sin interrumpir, buscar culpables ni minimizar lo que siente.
Validar las emociones. Poner nombre a lo que está experimentando («parece que te has sentido muy enfadado», «entiendo que esto te haya hecho daño») ayuda al cerebro a organizar la experiencia emocional y disminuye la intensidad del malestar.
Favorecer la reflexión. En lugar de dar la respuesta, podemos preguntar:
- ¿Qué ha pasado?
- ¿Cómo crees que se ha sentido la otra persona?
- ¿Qué necesitas ahora?
- ¿Cuál podría ser una buena manera de intentar solucionarlo?
Este tipo de preguntas desarrollan la toma de perspectiva y el pensamiento reflexivo.
Enseñar comunicación asertiva. Aprender a expresar el malestar sin atacar ni culpabilizar es una habilidad que se entrena desde la infancia.
Estar atentos a las señales de alerta. Cuando hay indicios de acoso escolar, agresiones repetidas, aislamiento social persistente o un sufrimiento emocional intenso, es necesario intervenir y coordinarse con la escuela.
Un ejemplo cotidiano
Imaginamos que María está jugando en el arenero y Polo le coge la pala sin pedirle permiso. La primera intervención no es hablar, sino observar. Si no hay riesgo ni agresiones, podemos darles unos instantes para que intenten resolverlo. Si el conflicto se encalla, podemos acercarnos y describir lo que observamos, sin juzgar:
«María, veo que te has enfadado porque Polo ha cogido la pala que estabas utilizando. Es normal que te sientas así.»
Después podemos facilitar el diálogo: «¿Le has podido explicar qué te ha molestado?»
Si todavía no encuentran una solución, podemos hacer de guía sin decidir por ellos:
«¿Qué opciones se os ocurren para que los dos podáis continuar jugando?»
De este modo no solucionamos el conflicto, sino que enseñamos una manera de gestionarlo.
En conclusión, cada desacuerdo entre niños es una oportunidad para desarrollar competencias sociales y emocionales que les serán útiles durante toda la vida.
Nuestra función como adultos es ofrecerles la seguridad necesaria para que aprendan a comprenderlas, regularlas y transformarlas en aprendizajes. Con tiempo, práctica y un acompañamiento respetuoso, los niños desarrollan la confianza que necesitan para afrontar conflictos con más autonomía, empatía y capacidad de reparación.
Y no olvidemos que la mejor herramienta educativa continúa siendo nuestro ejemplo. Los niños aprenden, sobre todo, observando cómo nosotros gestionamos los desacuerdos, pedimos perdón, escuchamos y cuidamos las relaciones.
Un artículo de:
Rebeca López (técnica programa Komtü)

