Nadie sueña al ser madrastra, o padrastro. De hecho es una palabra que “suena fea” y que inevitablemente nos lleva a las películas de Disney, donde todas las madrastras son malvadas y se lo pasan pipa destrozando vidas.
Ser madrastra o padrastro es algo que te encuentras, sin buscarlo, sin haberlo planificado. Y de repente, pam, la vida te da un giro de 180 grados y quizás te encuentras, como fue mi caso, de ser una mujer soltera sin hijos a formar parte de una familia numerosa.
Y entonces qué? Cómo se tiene que gestionar? Porque no hay manuales de instrucciones, ni recetas mágicas. Nomitido buena voluntad, dotes de negociación, ensayo-error y mucha, pero que mucha, paciencia. Y en este nuevo contexto te amoldas, o esto intentas, y lo haces por amor, por implicación y para querer encajar.
Además, una familia reconstituida nace de una pérdida. Porque sí, tenemos que ser muy conscientes que aquella nueva familia donde entremos ha sufrido una pérdida, una ruptura en forma de divorcio de los padres en el mejor de los casos, o una orfandad en el peor. Y estos hijos e hijas tienen todo el derecho a llevar su luto como buenamente puedan, así que la mejor recomendación que se puede hacer en este caso es entrar a pie descalzo, sin hacer mucho ruido, sin imponer nada y siendo sumamente respetuoso con el proceso de cada uno de los miembros de la familia.
El rol de la madrastra es muy complejo, es un juego constante de equilibrios entre las funciones de una madre (como la protección, la nutrición física y emocional y tantas otras) y la distancia adecuada para que los hijos e hijas de la pareja no confundan ni sientan amenazada la figura de su madre biológica. Una figura, que sí o sí, las madrastras tenemos que respetar, a la vez que tenemos que poder poner límites si vemos que estos se sobrepasan y nos afectan.
Ser madrastra o padrastro también quiere decir que a partir de ahora nos encontramos inmersos en un nuevo hogar desconocido, del que poco sabemos y que lleva su propia mochila histórica (vivencias, creencias, mitos familiares, rutinas muy establecidas…), y a la que tendremos que añadir nuestra propia mochila. Y de estas dos hacer una nueva y que sea cómoda para ambas partes.
Es indispensable mantener una comunicación constante con la nueva pareja y que esta sea muy consciente de la complejidad de encontrar un engranaje donde todo el mundo se sienta partícipe. Por eso, tiene que tener un papel muy activo de bisagra entre sus hijos y la nueva pareja, de forma que, día a día, el desconocimiento inicial se vaya transformando en pequeños gestos de complicidad hasta llegar a una relación consolidada de confianza y respeto mutuo, y por qué no, también de profundo afecto.
Pero a pesar de todos los consejos y recomendaciones que se puedan dar, nadie puede asegurar que en algunos momentos nos sentimos como un pulpo en un garaje, desubicadas, tristes o angustiadas porque no está yendo como desearíamos. Es por eso que se hace ineludible dedicar tiempo a cuidar la relación de pareja y también a cuidarse una misma, conectarnos con las propias emociones para normalizarlas, validarlas, aceptarlas y volver a un buen punto de partida y con fuerzas renovadas para seguir con este proyecto familiar nacido del amor y dónde hemos puesto tantas ilusiones.
Y nadie dijo que fuera fácil, pero tampoco imposible.
Un artículo:
Irene de Luis Suárez de Deza (técnica programa Komtü)

